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Adiós a Francisco Nieva

 

Nieva en el teatro
Nieva en el teatro
Cristina Bejarano

Fue un creador total. Pertenecía a ese selecto, y prácticamente extinto, grupo de hombres consagrados a la escena, nacidos en otro tiempo, que eran capaces de dominar en toda su amplitud un arte tan colectivo como el teatro. Un hombre que no se posicionaba con respecto a ese hecho escénico realmente desde dentro, ni tampoco desde una corta distancia que le permitiese encararlo con firmeza, sino desde una privilegiada atalaya en la que se aseguraba contemplar todo el entramado teatral a la vez para operar luego en él a su antojo con la conveniente discreción con la que los dioses operan en los designios del complejo universo. Era autor, director, escenógrafo, dibujante y pensador; pero era mucho más que la suma de todas esas partes: podría decirse que el teatro era él; y que él era teatro puro.

Con alma de diletante y constreñido por la austeridad del entorno manchego en el que vio la luz, con 18 años Francisco Nieva (Valdepeñas, Ciudad Real, 1923) ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando para iniciar un interminable periplo en el que la vida, el trabajo y el arte quedaron asociados de manera indisoluble para siempre. En 1953 viaja a Francia para trabajar como pintor y dibujante, y allí se empapa de la estética vanguardista y del talante transgresor que recorría Europa sin llegar a traspasar los Pirineos. Artaud, Beckett, Ionesco y Genet, entre otros, influyen decisivamente en su ideario y en su mirada creadora sobre la realidad. A su regreso a España, en 1974, trabaja fundamentalmente como escenófrafo, pero muy pronto empieza a hacer sus pinitos como autor. Tras Es bueno no tener cabeza (1971), su ópera prima como dramaturgo, llegarían otros textos suyos en los que se atisba su naturaleza inquieta, su siempre original punto de vista dramatúrgico y su afán por abrirse a nuevos lenguajes sin repetirse: Tórtolas, crepúsculo y… telón (1972), Pelo de tormenta (1973), Coronada y el toro (1974) y Teatro furioso y Teatro de farsa y calamidad (1975) son algunos de los atrevidos y sugerentes títulos de aquella época.

Tras conseguir el Premio Mayte con La carroza de plomo candente y El combate de Ópalos y Tasia, en 1977 se atreve a revisitar a Aristófanes, en el marco del Festival de Mérida, con la irreverente La paz. Nada escapa a sus intereses teatrales y nada queda como estaba tras pasar por sus manos. Su prestigio durante esta época empieza a aumentar cuando, curiosamente, su teatro parece salirse de los cauces por los que discurren los autores de posguerra más exitosos. Apartándose de lo que su pulcra visión estética viene a considerar, más o menos, una expresión vulgar del pensamiento, Nieva insiste en devolver al lenguaje escénico el refinamiento que ha ido perdiendo desde el primer tercio de siglo; pero lo hace con propuestas que nunca son calcos del teatro que pudiéramos considerar clásico, sino que aboga por someter esa elegancia y ese barroquismo a una perseguida contemporaneidad que es la que ha de marcar la tendencia siempre en la evolución de todas las artes.

A mediados de los 80, tras su ingreso en la Academia Española, la sucesión de obras suyas en la cartelera española es ya imparable: Tirante el Blanco (1987), No es verdad y Te quiero, zorra (1988), Corazón de arpía (1989), El baile de los ardientes (1990), Los españoles bajo tierra (1992). En 1988 publica su Trilogía italiana, y en 1991 se edita su Teatro Completo. En 1992 recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y también el Premio Nacional de Literatura Dramática por Manuscrito encontrado en Zaragoza. Una vez más vuelve a demostrar, con esta adaptación de la complicada y más que confusa novela gótica de Jan Potocki, la pluralidad de su quehacer teatral y su irrenunciable deseo de proponer nuevas cosas o cosas desconocidas por casi todos.

En 1996 se le concede la medalla al mérito en las Bellas Artes, precisamente cuando parece que su iterés esté centrado sobre todo en la narrativa, género en el cual ha empezado a publicar algunas novelas: El viaje a Pantaélica (1994), Granada de las mil noches (1994), La llama vestida de negro (1995) y Oceánida (1996).

En 1997 el año del recordado estrenos de Pelo de tormenta en el Centro Dramático Nacional, bajo la dirección de Juan Carlos Pérez de la Fuente, dirige también La vida breve, de Falla, para la reapertura del Teatro Real, y en 2001 la ópera La señorita Cristina, de Luis de Pablo, en el mismo teatro. A esas alturas, a Francisco Nieva nada le asusta ya y con todo se atreve. Lo curioso es que en todas y cada una de las empresas que acomete no solo sale sorprendentemente airoso, sino que deja una rutilante huella a su paso por casa escenario. Zarzuelas, un aplaudido libro de memorias, obras nuevas y reposiciones, premios de toda clase, doctorados en universidades, artículos y más novelas van jalonando su trayectoria en la última etapa de su vida, ya en el nuevo siglo, hasta llegar al estreno, en 2015, de Salvator Rosa o el artista, un texto ácido, crítico y divertido que no se había representado todavía y que Guillermo Heras dirigió en el Centro Dramático Nacional para que el nuevo público pudiera descubrir a un hombre de teatro total que además, cuando quería, podía ser, en un aspecto concreto y aislado, un fuera de serie, como demostraba en esta obra que parecía escrita con la pericia técnica y estilística del más brillante autor de nuestra literatura dramática.

Leer más:  Muere el teatro español  http://www.larazon.es/cultura/muere-el-teatro-espanol-CK13913504?sky=Sky-Noviembre-2016#Ttt1BloGJNSY7i7H

 

Hna. Rosa Mª Guijo García
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